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Terra
La Coctelera

marius

4 Noviembre 2009

Xavi Font lo sabe

 

El explorador Ravelais tardó meses en culminar las montañas amarillas. Fue una ardua tarea por bosques de rododendros y desiertos de escorpiones. Diversos animales le acompañaron en su viaje, algunos le animaban y otros le importunaban con sus problemas de comida. El padre de Ravelais publicaba la noticia en todos los periódicos y los muchachos del mercado le dedicaron algunas canciones. Rabelais atravesaba paisajes inquietantes, paisajes optimistas, paisajes desoladores, paisajes experimentados y otros indeterminados, algunos de ciertos colores y otros de ciertas texturas. Cuantos más paisajes atravesaba, más incierto parecía que los mapas dijeran la verdad. Pronto comprendió que los mapas se habían perdido, y reflejaban información improvisada y desconcertante. Rabelais preguntó a algunos animales sensatos sobre las montañas amarillas, nadie podía decirle nada en ese momento, porque justo acababan de marchar los animales informados, que era a quien tenía que dirigirse. Los animales informados tenían la irritante propiedad de haber marchado siempre justo antes, de modo que se sabía de su existencia por los pelos. Rabelais decidió entonces buscar un volcán para orientarse por su rugido, una mofeta para encaminarse en la dirección de huir de su olor, una babosa para reflexionar sobre lo efímero de algunos pensamientos, un elefante para hacer recuento de elefantes, un tronco de álamo para sentarse unos momentos y una mariposa para dispararle con su revólver. ¿Le resolvió su problema? No.

De la rabia de Rabelais, se rasgó la rama del rododendro, rebelando la ruda redondez del rocín de Roberto Romero. Finalmente, un hombre surgió de la espesura haciéndose pasar por león; soltó algunos rugidos, pero como con desgana y pronto decidió acabar con aquella farsa: confesó bien a las claras que él no era un león, pero que no tenía nada contra ellos si prometían no devorarle. Ninguno de los leones presentes se comprometió en serio, los más hacían muecas ambiguas, como dando a entender que se les hacía tarde o que alguien había dejado algo al fuego.

Rabelais rabió con más rabia.

Finalmente se arrojó a un estanque de esturiones, como para probarse algo a sí mismo. Allí, esquivando fieras fauces, tuvo una idea luminosa: iba a componer una oda acuática a Wenceslao Narváez, pirotécnico de la rivera del Sil.

Se puso a ello con fruición, con empeño inasible al desaliento, con lucidez propia de quien tiene delante caimanes relamiéndose, con el interés de quien culminará o no las montañas amarillas, pero al menos dejará un legado sonoro. Se dio toda la prisa que pudo en lo de las montañas amarillas, pero por pundonor, porque era un poco de la aldea y un poco de Nueva York. En realidad su pasión era ya la oda acuática a Wenceslao, un hombre que no se merecía siquiera un saludo de la selva, pero de admirable habilidad con la pirotecnia.

Cuán fue su sorpresa cuando se ve rodeado de lobos hambrientos haciendo recuento de dientes, ya en plenas montañas amarillas, a las que, por cierto, llegó por pura intuición de la selva. ¿Qué hacer? Rabelais entonó su oda acuática a una voz, pero voz en cuello, voz rubicunda, rimbombante, pantagruélica, voz salida a chorro de una garganta entregada y sincera. Los lobos se consultaron unos a otros, de repente se les había hecho tarde y sus familias ya debían estar preocupadas. Rabelais se vio de súbito rodeado de un vacío rendido a sus pies. Aclaró la voz y descendió camino de las riveras del Sil, donde protagonizó el más espectacular concierto de mandolina que oyeron orejas humanas. El Sil se encrespó, gozoso, y un alud de astronautas cayó aquella tarde sobre los descampados. ¡Qué bonito fue todo!

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

julieta ortiz

julieta ortiz dijo

exelente historia ¡¡¡felicidades!!!

4 Noviembre 2009 | 06:13 PM

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